martes, 12 de julio de 2011

LOS TRES PASOS DEL DESPERTAR


La visión del Dharma es la percepción intuitiva de los tres rasgos fundamentales de nuestra existencia fenomenal. A saber:

1º- Vivimos en un mundo frágil e impermanente. Nada dura, nada permanece. Ni la felicidad ni la desgracia, ni el bien ni el mal, ni el yo ni los demás. Comenzamos a comprender que no podemos encontrar una satisfacción duradera aferrándonos a cosas que, por su propia naturaleza, tienden a desaparecer. Los amigos se vuelven enemigos, el cuerpo enferma, la riqueza es causa de tantos malestares como la pobreza, el confort material termina por asfixiarnos, nuestros familiares envejecen y mueren. Las ideologías se expanden como el fuego para, acto seguido, sucumbir estrepitosamente. Despertarse a la impermanencia del mundo en el que vivimos es despertarse a la constatación de que nosotros también tendremos que desaparecer completamente de la faz del planeta. Ante esta perspectiva, el deseo de honores, de reputación, de poder, de confort, de placeres materiales, pierde gran parte de su fuerza. Lo que antes nos motivaba tanto, las cosas por las que luchábamos con tanto ahínco comienzan a perder su sentido. La constatación real de la impermanencia provoca una crisis del ego, una reestructuración de nuestro ser-estar en el mundo porque comenzamos a darnos cuenta de que no somos lo que creíamos ser, de que hemos estado corriendo detrás de fantasmas, de sombras, de espejismos. Comienza a desmoronarse lo que creíamos ser. El yo se tambalea.

2º- Surgen preguntas: ¿Quién soy yo, qué es ESTO?. Nos damos cuenta de que el yo es una entidad indefinible, inefable, inexistente. No hay un yo, hay miles de yo. O bien, el yo no es una entidad fija e inmóvil, no es una personalidad monolítica, sino un proceso, una corriente. Un proceso en el que continuamente están muriendo viejos yo y naciendo nuevos yo. Ya no nos sentimos exclusivamente el padre, ni la madre, ni el hijo, ni el hermano, ni el esposo, ni la esposa, ni el profesor, ni el alumno, ni la buena persona ni la mala persona, ni el inteligente ni el torpe, ni el patrón ni el obrero. Dejamos de identificarnos exclusivamente con las funciones puntuales que desempeñamos en la vida social, familiar y profesional. Comenzamos a comprender que la verdadera naturaleza de nuestra existencia trasciende con mucho los roles o las “personalidades” que interpretamos diariamente. Surge inevitablemente la pregunta: “Si yo no soy exclusivamente los personajes que interpreto en la vida diaria, ¿quién soy yo? ¿Qué es el Verdadero Yo que incluye y trasciende los infinitos yo que aparecen y desaparecen en la corriente de mi vida? ¿Cuál es la verdadera naturaleza de mi existencia?”.

3º- Este puede ser el punto de partida para una práctica espiritual realmente profunda y veraz. Experimentando la evidencia de los dos aspectos citados, llegamos a comprender un poco mejor la causa fundamental de nuestro sufrimiento y del sufrimiento de los seres vivientes. Sufrimos porque nos apegamos a una ilusión, a una sombra irreal. La ilusión es la manifestación de la ignorancia fundamental de la mente humana. La ilusión es un percepción errónea, incompletas deformada de la Realidad. Al no percibir la verdadera Realidad, los seres humanos no pueden vivir en armonía con ella. Al no vivir en armonía con ella, surge el sufrimiento.Sufrimos por ignorancia.

El sufrimiento al que se refieren los Buda no se limita a las sensaciones dolorosas, ya sean corporales, mentales o emocionales. Se refiere más bien, en un sentido amplio, a la insatisfacción continua en la que vivimos los seres humanos, a la ausencia de tranquilidad interior, de paz interior, de serenidad, de libertad profunda. La agitada actividad de nuestra mente nos produce sufrimiento, la pobreza nos produce sufrimiento, la riqueza también. Incluso la felicidad produce sufrimiento porque cuando somos felices tenemos miedo a dejar de serio, nos apegamos a la felicidad. Y esto es sufrimiento. Vamos allí y vemos sufrimiento, vamos allá y vemos sufrimiento. Nos quedamos aquí y vemos sufrimiento.

Este sufrimiento profundo, existencial, no puede ser resuelto ni acallado ya con pequeños remedios, ni con narcóticos, sino únicamente mediante una práctica espiritual profunda y exacta que nos permita acceder a la otra orilla del río de la vida: la visión clara de la auténtica naturaleza original de nuestra existencia.

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